domingo, 12 de octubre de 2008
El archivo
Cuento de Daniel Balanche
Qué podía significar ese montón de papeles y diarios viejos para un adolescente que además de no ir a la escuela no tenía en su casa nada o casi nada que lo pudiera identificar con el contenido de esos papeles o diarios viejos. Cuando iba al baño se sentaba con aire satisfecho y leía los titulares de un partido de fútbol y algunos renglones salteados que hablaban de sus ídolos del balompié. Un partido de pelota, la actividad constante de sus quince años, un físico privilegiado para su edad y un rostro del que sobresalían además del color tierra, una sonrisa alegre y resignada. Todos esos papeles y diarios viejos fueron a parar embolsados apresuradamente antes de que se descubriera su picardía cirujera, y transportados a puro pedal hacia su destino final. Nunca imaginó ese adolescente el mecanismo imparable que había desatado. Los papeles y los diarios viejos cargados de palabras, de frases, de artículos, de historias, de crónicas, comenzaron a emitir una voz nueva, la palabra pronunciada interrogativamente buscando el por qué recordando el ayer y el antes de ayer, hasta proyectarse en el mas allá y en el mas acá desde la esencia misma de esas letras impresas en décadas anteriores. La historia volvía a confirmar que la muerte física es solo un accidente. Una magia surgida desde lo más hondo de la circunstancia, partiendo desde los orígenes –siempre misteriosos y nunca totalmente develados— volvía a instalarse en distintos lugares, en numerosos escribas que habían decidido descubrir el pasado de los presentes que se fueron sucediendo en Pago Chico. En esos papeles y diarios viejos estaban todos los nombres. Y esa nueva voz, esa segunda voz regresaba del pasado trayendo a cuestas toda la carga de sucesos, de realizaciones, de frustraciones, de proyectos, de ideas, de los que se habían ido y de otros que quedaban sobre la tierra para seguir ingresando con el tiempo en los nuevos archivos demostrando la continuidad del tiempo histórico y la irrefutable vigencia de la vida.
En su rechinar, la bicicleta trajinaba el miedo del adolescente por el robo cometido, por la transgresión, en la necesidad de cambiar esos papeles y esos diarios viejos por comida para sus hermanos o por algunos pesos para algo. Ese miedo además se identificaba con las palabras de quien le había dicho que esos papeles y diarios viejos tenían un significado importante, que no debían perderse porque eran como un alimento no para el estómago sino para la otra parte del ser humano, la que no se puede tocar, la esencial, la que haría que esos papeles y diarios viejos volvieran a vivir en sí mismos y a través de quienes se sentaran en maquinas de escribir, en computadoras o con la simpleza agreste de un lápiz o lapicera escribiendo, imaginando recopilaciones, metiéndose en el intrincado mapa de las vivencias pasadas para revivirlas, transformarlas, reimaginarlas, reconstruirlas, reproducirlas, y convertirlas en la interpretación del nuevo tiempo histórico.
El frío desvestía a la tarde que comenzaba a caminar hacia la oscuridad haciéndola tiritar. La desaparición del archivo de papeles y diarios viejos no fue advertida jamás. Solo sucedió. Con el correr de los días fueron surgiendo movimientos, agrupaciones, asociaciones de ideas y de personas, y muchos comunicadores, por sobre todo escritores que comenzaron a inventar un nuevo archivo de la imaginación. Esa es la palabra que más se ajusta en este hecho irrepetible. Se publicaron cuentos y relatos. Ensayos en los que se preguntaba el cómo, el por qué, de lo que había sido y lo que no y de lo que podría ser. Muchos sueños nuevos surgieron y se consumaron otros pasando de la imaginación a la realidad. El pueblo se fue cargando de una actividad inusual y la risa fue ganando espacio sin dejar de lado las lágrimas de añoranza. Nadie sabía el por qué de esa mutación que a veces parecía superficial y a poco de analizarla se advertía profunda, cargada de connotaciones universales que se remontaban a los remotos tiempos en los que el pensamiento del hombre comenzó a extenderse sobre la tierra.
A nadie le importó saber el cuándo porque eran protagonistas de su propio destino. Estaban en su tiempo histórico recuperando el tiempo universal. No pidieron ayuda. La buscaron. Y comenzaron a encontrarla. En cada historia recopilada se sucedían las apariciones, pero no era un accionar compulsivo, todo devenía del flujo del tiempo. El río se desplazaba y Heráclito observaba complacido mientras Diógenes espiaba escondido detrás de sí mismo. Atila desenvainaba su espada con desesperación y Carlo Magno observaba con resignación la degradación de sus herederos. La historia descubría sus orígenes y bebía sabiamente en las fuentes fundacionales. En ese archivo de la memoria y de la sangre revelada se ejecutaba sin prisa y sin pausa la planificación natural de la vida.
Las escuelas comenzaron a dictar clase en las calles y en las plazas. Los claustros se llenaron de polvo, pero no de olvido. Fueron testigos fieles de la transformación que le permitía avanzar a la vida de los humanos cada vez con menos necesidades materiales. La virtualidad se extendía como una manifestación inexplicable pero necesaria de la intangibilidad del ser y reemplazaba a las cosas.
Desde que Luciano se llevó el archivo de papeles y diarios viejos, por las noches tenía pesadillas. Se despertaba empapado en sudor y salía alucinado y en calzoncillos al patio. Los perros aullaban y su madre por detrás para reprenderlo y volverlo a la cama. El agotamiento lo vencía y volvía a conciliar el sueño. Poco después de haberse llevado esos papeles y diarios viejos buscó en los basurales, en las viviendas de otros cirujas para recuperarlos, pero ya era tarde. No quedaba el más mínimo rastro de ellos. Solo existía la memoria.
Después de algunos años, el archivo quedó además de reconstruido, enriquecido. Había sido tal la labor de los escribas que la historia describía sus fauces y sus entrañas disecadas y vivas. Era la corroboración al retorno de los orígenes. La repetición inédita de la explicación inexplicable del por qué de la vida y de la muerte. El espíritu vigente de los pueblos míticos estaba allí, gozando del sol y de la lluvia, de la brisa agreste y de las tempestades.
El círculo giraba sin detenerse y se ampliaba a medida que el tiempo histórico proseguía su desenvolvimiento. Lo que había hecho el hombre en el tiempo y lo que hacía ahora se conjugaban como un verbo perfecto en la síntesis ejercida en cada acto. Tiempo, espacio e imaginación se ajustaban con naturalidad. Dónde estaba la condición humana? El egoísmo ya no era posible? Y la envidia? Y el deseo de venganza? Y la atracción de la carne sin amor? Y la ambición del usurero y del amarrete?
El archivo lo explicaba todo porque no era una enciclopedia encerrada y culturista. De cada palabra escrita surgía claramente el nombre de las cosas. Todos los nombres. La noticia del archivo se extendió de comarca en comarca.
Se estableció perentoria y definitivamente el tiempo de la discusión. Nada se hacia sin antes saber el por qué y el para qué. Dónde estaba el impulso? Dónde había sido guardado el deseo? En qué subterráneo inaccesible se habían refugiado la furia y el espanto?. Sin embargo todo era regido por la transgresión y la provocación.
Cuando Luciano comenzó a escribir palabras sueltas y trato de unirlas en la soledad de su pieza pobre de objetos y rica de vivencias, las pesadillas comenzaron a desaparecer sin que lo advirtiera. Habían transcurrido más de diez años y sintió que debía volver a aquel depósito del que había sacado los papeles y diarios viejos. Una fuerza desconocida se lo dictaba. No le fue fácil tomar la decisión. Se sucedieron soles y lluvias, brisas y tempestades, muertes y nacimientos hasta que su bicicleta computarizada se detuvo delante del portón. Al activarse la célula fotoeléctrica el portón que ya no era el mismo de hacia diez años se fue elevando lenta y solemnemente mostrando el mismo lugar en que estaban cuando se los llevó los papeles y diarios viejos. Se tapó los ojos y el llanto le baño la cara. Esa mañana que había amanecido lluviosa fue reemplazada por un sol radiante. Entonces corrió por el medio de la calle mientras los automóviles lo esquivaban y los peatones lo miraban con desconcierto. Y gritó. Una y mil veces hasta quedarse sin aliento –Yo los robé. Yo los robé.
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1 comentarios:
Gracias por su prosa, por sus pausas y sus historias cotidianas.
Por aquella línea que copio, textualmente:
" ....En su rechinar, la bicicleta trajinaba el miedo del adolescente por el robo cometido, por la transgresión, en la necesidad de cambiar esos papeles y esos diarios viejos por comida para sus hermanos o por algunos pesos para algo..."
Porque el cuento "El archivo" me lleva a la vida real y a la imaginaria, a mi cercanía con una reciente imagen similar, de un muchachito "cartonero", buscavida o como quiera llamársele, laburante al fin, que en la gran ciudad ha terminado su día laboral.
Para mí, jubilado ya, que debe ir hasta un ciber para leer on line algunos sitios preferidos,el cuento es un alimento casi indispensable.
Para el muchacho que hace rechinar su humilde carro, lleva, posiblemente, otros miedos. Su alimento, el de los suyos y el miedo de haber nacido en una sociedad que lo desfavorece y al tiempo lo desafío a que mañana, nuevamente, vuelva a vivir: A tomar el tren y llegar hasta donde lo espere otro grupo de cajas y cartones, de zapatos y de otras historias en las veredas, cuando no diarios y revistas "cargados de palabras, de frases, de artículos, de historias, de crónicas...." con el cuento nos refresca.
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